MARQUEZ, Jorge

QuilmesLicenciado en Ciencia Política.

Adelanto del libro Al Sur de la Utopía

Paredones que gritan

Durante los años cincuenta, no sólo había aumentado exponencialmente la demanda de trabajo, sino que se había puesto en marcha una inédita y revolucionaria experiencia, en la que se había buscado conjugar el crecimiento económico con el aumento de los ingresos de los trabajadores[1]. Por eso, no será extraño que muchos de los beneficiarios de aquellas medidas hicieron del retorno de Perón el motivo fundamental de su búsqueda.
En la visión de Marta Rodríguez[2], “no se puede entender lo que fue la Resistencia Peronista, si no se vuelve un poquito la mirada hacia atrás y se entiende que en La Argentina, hubo dos etapas. La Argentina antes de Perón y la Argentina después de Perón… la de antes, era una Argentina de opresión, de vergüenza de dominio, de oprobio, donde el capitalismo y las clases poderosas oprimían a los débiles, que no tenían ni dignidad ni lo que hoy serían los derechos humanos…en ese contexto, aparece en la escena política, un hombre que empieza a hablar otro idioma, de la justicia social, de la distribución del capital en forma equitativa, de que hay una manera de gobernar donde el capitalismo está al servicio del pueblo… cuando a vos te despojaron, te arrancaron de esa nueva Argentina, vos no te vas a quedar quieto…”
En esa línea de argumentación, la llamada Revolución Libertadora, vendría a dar por tierra con aquellos cambios, y muchos de sus beneficiarios no sólo no olvidarían sino que comenzarían a involucrarse en temas que antes ignoraban.
Posiblemente la crueldad de algunas de las medidas gubernamentales haya potenciado la rebeldía de muchos, incluso de quienes nunca habían llevado adelante actividades políticas y que, ahora -asentados fundamentalmente en los grandes centros urbanos-, contribuirían a socavar el régimen militar como pudieran.
Cabe destacar, complementariamente, que en este contexto, las persecuciones contra muchos dirigentes gremiales lograron, más allá de una natural renovación de las dirigencias[3], ahondar el conflicto en términos clasistas. Consecuentemente, muchos gremialistas de segunda y tercera línea pasaron a cumplir un rol preponderante, produciéndose así, un trasvasamiento generacional de hecho.
Los militantes, en su tarea, recurrieron a una amplia y diversa gama de acciones, que incluyó desde la distribución de panfletos[4], hasta la detonación de explosivos caseros de baja capacidad destructiva[5], inicialmente mencionados en la prensa como “petardos”, sin perjuicio de que con el tiempo, se avanzara en la búsqueda de mejores elementos que permitieran perfeccionar el combate urbano.
La producción de los explosivos se fue sofisticando, y la utilización de la gelinita en velas, y otros componentes más potentes, permitió reforzar el poder de destrucción. Así mismo, la evolución se extenderá a otro tipo de armas: en    Lanús, una pequeña fábrica de ametralladoras demostraba la voluntad y búsqueda de la continuación de la lucha como salvaguarda de la doctrina sin fecha de vencimiento.
Con respecto a las pintadas, inicialmente, sobre la cruz dibujada en la V[6] – sinónimo de Cristo Vive-, los militantes peronistas dibujaron la P.
La conjunción de las letras, indudable e inequívoca señal, salpicaron espacios disímiles, paredones, ochavas, y hasta a algunos personajes de la historia argentina. Testigo de ésta avanzada resultó la figura del mismísimo Sarmiento, cuyo busto, ubicado en la plaza bautizada con su mismo nombre en Bernal, quedó con la marca de las letras que, por años, sintetizaron el testimonio de la rebeldía. Las fotografías que el diario El Sol, exhibió en octubre del 57, aportan la prueba conveniente de la osadía militante[7].Así mismo, sobre las pintadas iniciales de carbón y tiza, algunos innovadores aplicaron alquitrán, de difícil blanqueo posterior. En la calle Sarratea, muchos recuerdan una inscripción hecha con ese material que logró sobrevivir a los gobiernos militares. Su persistencia y perseverancia supuso un mudo testimonio de lucha, más inmóvil que los convencimientos de algunos dirigentes que acumularon poder con el tiempo.
La inscripción perduró hasta que la pared fue derrumbada, allá por los noventa, como un símbolo elemental y primitivo de la década, a mazazo puro.

Jorge Márquez
 
[1] Estudios de Historia Económica Argentina. Desde Mediados del Siglo XX a la actualidad. Eduardo Basualdo, Siglo Veintiuno Editores, Buenos Aires 2006. Véase también Ricardo Sidicaro, Los Tres Peronismos, Estado y Poder Económico, Siglo Veintiuno Editores Argentina, Buenos Aires 2003.
[2] Hija de Justo Rodríguez, uno de los fundadores del Comando L113 e intendente electo en 1962 de Berazategui, quién no pudo asumir por la intervención militar.[3] Sidicaro, Ibidem.
[4] La producción de panfletos implicaba, en esos días, un acto totalmente trabajoso y artesanal.
[5] Entre las acciones directas de la Resistencia, una de las más frecuentes, fue la de “poner caño”,  un explosivo casero hecho en caños de luz, cuya producción y colocación implicaba grandes riesgos.
[6] En el final del gobierno peronista, y durante la dictadura, los militantes católicos pintaban la V y la Cruz. Algunos de los aviones que bombardearon la plaza en el 55, contaban con dicha inscripción.[7] Diario El Sol, 11 de octubre del 57.

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